Formación, Innovación

UNA EXPERIENCIA DE VIDA EN MAURITANIA

Programa de formación Pronovel
La Entidad Titular de las Hijas de la Caridad ofrece a sus docentes un programa de formación de 4 cursos llamado “Pronovel”, en el tercero de los cuáles se nos propone hacer un voluntariado o acto de servicio en una comunidad u obra diferente. En mi caso, llevo a cabo un acto de voluntariado en Mauritania, al que voy junto a nuestra Consejera de Enseñanza Sor Carmen Machado.
En dicho país, las Hijas de la Caridad tienen dos comunidades: una en Nuackchot, la capital de Mauritania, y otra en Atar, un pueblo de poco más de 24.000 habitantes situado en la zona árida del desierto del Sáhara, a más de 400 km de la capital.
Ha sido aquí, en Atar, donde he llevado a cabo principalmente esta gran experiencia de vida que me ha marcado especialmente tanto a mi, como a mi familia. Esta comunidad la forman tres Hijas de la Caridad, Sor Isabel, Sor Teresa y Sor María, las cuáles me han acogido, acompañado y enseñado con su gran ejemplo y testimonio de vida y entrega por los más necesitados, durante estos 18 días de voluntariado.

Durante este tiempo he podido ver en ellas y en su quehacer diario el vivo ejemplo de lo que es la esencia del Carisma Vicenciano: la opción radical y el respeto sagrado por los pobres, el servicio en colaboración con los otros, una mirada diferente hacia los más necesitados, su incansable labor por la formación y la capacitación de los pobres para intentar convertirlos en agentes de su propia transformación y, sobre todo, el sentirse agradecidas y satisfechas por todo lo que hacen y por poder ayudar a tanta gente necesitada. Ellas sienten que están en el lugar que Dios les llama a estar y que hacen lo que verdaderamente quieren hacer.  
Nuestra llegada

Cuando llegamos a Atar, la visión que tuvimos del pueblo nos provocó un gran impacto tanto a mi como a Sor Carmen Machado, pues tuvimos la sensación de haber retrocedido 70 años en el tiempo: mucha suciedad y basura por todos lados, coches viejos, antiguos y en mal estado que circulaban sin apenas control por aquellas calles sin asfaltar, casas en muy mal estado hechas con apenas 4 paredes mezcladas con grandes mansiones que dejaban entrever las diferencias de clases sociales, burros que tiraban de carretas transportando una variedad enorme de cosas, cabras que deambulaban libremente por las calles y, gente, mucha gente, niños y adultos, jugando en las calles o ganándose la vida de cualquier manera, vendiendo en el mercado botellas de leche, construyendo alguna casa o pidiendo limosna. 

Al llegar a la casa donde viven las Hermanas nos recibieron con una gran pancarta de “Bienvenidos” sujetada por tres chicos del pueblo y fue entonces cuando sentí que mi experiencia de voluntariado comenzaba. Nos enseñaron la pequeña escuelita que han construido dentro de las instalaciones de la casa y de la que Sor María es la directora, en la que enseñan a 47 niños/as de 2 a 5 años junto a 4 monitoras del pueblo. Luego vimos el gran huerto (¡Sí, un huerto en medio del desierto!) que cuida y gestiona Sor Teresa junto con otros chicos del pueblo y en el que tienen también cabras, cada una de ellas cuidada por un alumno/a discapacitado. Al día siguiente, visitamos el centro de discapacitados que gestiona Sor Isabel con la ayuda de 2 monitoras del pueblo. Sor Carmen Machado también visitó un centro de nutrición infantil en el que también trabaja Sor Teresa, la cual, al mismo tiempo, visita a enfermos en diferentes barrios de Atar.
El viaje
Experiencias

En uno de los Centros en los que trabajo España habíamos hecho una carrera solidaria para recaudar material escolar, los profesores habíamos recaudado medicinas y, junto con otra maleta que Sor Carmen Machado había recogido de otro Colegio de las Islas Canarias, llevábamos 3 maletas grandes cargadas de solidaridad.  
Sin embargo, desde el día en que me propusieron esta experiencia e incluso después de haber hablado con Sor Isabel poco antes de partir hacia Mauritania, no tenía muy claro cuál iba a ser mi papel allí, ni tampoco en qué iba a poder ayudarles. Lo que sí sabía, por mi forma de ser, es que me iba a implicar al máximo en lo que me pidieran, me “iba a remangar” y “tirar al suelo” para estar cerca de los niños/as y ayudarles en todo lo que pudiera, les iba a dar mi tiempo, mi energía, mi atención y mi cariño todo el tiempo que estuviera allí: colaboré en la escuela, jugué con los niños/as, les hice sesiones de psicomotricidad, colaboré en el huerto y en el centro de discapacitados, dimos formación a las monitoras, no solo a las de nuestra escuela, sino también de otras escuela de Atar, jugué al fútbol con adolescentes e incluso vi el gran clásico Real Madrid-Barcelona en una casa del pueblo.
Es muy difícil resumir en unas cuantas líneas todo lo que sentí allí y la gran labor que hacen estas tres mujeres en un contexto y en unas circunstancias como esas. Lo que sí tengo claro es que ha sido una experiencia transformadora y que me vengo a España muy satisfecho y con una gran sensación de alegría por haberles dado todo lo que tengo y haber podido aportar mi gotita de agua para que esa pequeña semilla en el desierto que ellas han sembrado pueda florecer en el corazón de los niños y niñas de Atar.