Joven Vicenciano, Recomendamos, Secundaria

El virus tras la bruma

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Estaba frío, no se veía nada. Caía, todo se caía, y sin embargo, solo un pensamiento afloraba  en mi mente...¿Cuándo vendrás a mi encuentro, querida y extrovertida muerte? ¿Cuándo me proporcionarás el placer de sentir tu gélida presencia y de ver esos ojos grises llenos de vida, aunque muchos sostengan lo contrario? No te temo, te espero. No te reprocho nada, te agradezco. ¿Cómo sino la vida se mantendría? Somos polvo, cenizas a merced del viento, llévanos. 

Prólogo

La soledad era oscura y traicionera. Era densa, tortuosa, y sobre todo, cruel, muy cruel.
¿Me había encerrado yo en ese baúl abandonado y dominado por la oscuridad? ¿Era yo mi  propia cerradura, mi propio castigo? Esas cuestiones sin respuesta me carcomían la mente cada vez que dormía, cada vez que me levantaba cuando el alevoso sueño me abandonaba despiadadamente, cada vez que mi mente me delataba y mis pensamientos se paseaban libres, en busca de las tinieblas. 

Cuando te han quemado tantas veces, no quedan más que cenizas. Cuando te derriban una y  otra vez sin descanso tan fieramente, no quedan más que escombros. Cuando te encierras en un universo paralelo, no queda más que el turbio pasado que te perseguía a cada esquina y que siempre te alcanzaba con sus astutas artimañas. Pero en todos estos casos, siempre prevalecía la esperanza oculta en el corazón, la rebeldía camuflada en la mirada amusgada, el orgullo herido con ganas de una revancha, el objetivo de un futuro mejor, no obstante, encima de todo esto, se imponía la vida. La vida que palpitaba con todo tu ser en ti, a la espera; que con insistencia, te daba evidencias de su constancia y presencia con cada nuevo aliento, con cada nueva respiración, con cada nuevo latido que te regalaba. 

Cuando te han golpeado tantas veces, debería quedar solamente un amasijo de huesos,  pero…¿qué ha pasado con eso de mirar a la luz resplandeciente? Mientras viviera, existiría la  esperanza, y por tanto, la salvación. 
La verdad

Nada empieza sin un inicio formidable y nada acaba sin su merecido final.  

Fui yo la primera que me apodere de ese ser humano gigante y macroscópico, era yo y sigo aún siendo yo la madre, por así expresarlo, de todos esos virus replicados, iguales que yo. ¿Era posible crear algo y posteriormente sentirme como me sentía en estos instantes? 

¿Cuánto había pasado? ¿Cuántos prolongados minutos habían sucedido después de haber  habitado aquel cuerpo por completo? 

Recuerdo que era familiar. Estaba en un cuerpo lento y depauperado, un cuerpo débil. Mi  instinto de supervivencia me gritaba, me imploraba que volvara, que me expandiera. Así que lo hice, y no sé aún si hice bien. Evoco de aquel maldito día la sensación de sentirme al borde de un precipicio con nombre propio, la muerte. Eso fue, según mi mal o buen juicio, según por dónde se mire, y la experiencia insuficiente con mi mente, lo que me impulsó a llevar a cabo el proceso de infiltración. 

Volé, acallando mi conciencia y dando alas a mis instintos. Fue todo tan efímero, tan veloz,  tan raudo. Habían pasado solamente un segundo, y todo daba vueltas, mis sentidos se habían extendidos, mis partículas vibraban, y mis pulsaciones eran más fuertes, más constantes.  Exploré ese día a las diez y cuarto de la mañana mi nueva casa, y por alguna causa desconocida, tuve un mal presentimiento. Mi presentimiento no estaba errado. 

Cada día, poco a poco y con sutileza, su organismo empezó a cederme el control a mí, sus
defensas cayeron como un castillo de naipes, con un solo y leve toque.
No sentía que obrara bien. Empecé a multiplicarme, y más pronto que tarde, el virus se había  extendidos por el mundo, yo me había dispersado por el mundo y me había colado en los cimientos de la vida y la historia, yo era el centro. Yo era la causa. Yo era la destrucción. Yo era a la que muchos llamaban coronavirus, o covid-19. 

Abandoné el cuerpo cuando se murió, cuando su corazón dejó de bombear sangre, cuando su  piel se tornó fría y más opaca, cuando ya no se veía esperanza. 

Me arrastré como pude a un retazo de tela, destrozada por dentro por lo que había acontecido.

Lo más triste era él, el dueño del cuerpo en el que habité demasiado tiempo, creando una  desmesurada destrucción a cada paso y a cada día. 

Me cuesta pensar en él sin que unas lágrimas delictivas asomen en mi s ojos y resbalen por  mis mejillas, manchando mi rostro. 

Pero hoy lo haré, hoy hablaré de él, porque se lo merece. No me callaré, y arreglaré,
enmendaré, este gran error con el que he sometido a la humanidad, un error que asolará el  planeta y que no tendrá contemplaciones. Un error originado el día de mi nacimiento. ¿Era yo un error? 

Enrevesado relato del pasado

El primer día en su cuerpo, en el cuerpo de Leo Stone, fue diferente, y no porque fuera el  primer humano en el que me hospedaba, era porque Leo era diferente. 
No le dio importancia a los primeros síntomas que padeció, era un hombre fuerte, o eso  quería creer. 

A la semana, descubrí que Leo estaba soltero, y no lo menciono porque me interesara, sino  porque me extrañaba sumamente. Hoy en día, sé por qué lo hizo, por qué no se quedó con la rubita del tercero. 
Ese hombre aparentemente cotidiano, era todo un misterio. Se paseaba por las calles a altas  horas de la mañana por callejones oscuros y siniestros, con navaja en mano siempre, y eso que estaba segura de que sus padres de pequeño le habría advertido del peligro que suponía aquello. Su capa era de buena tela, o esa era la información que me llegaba a mí a gracias a las células que conformaban su cuerpo. Leo no era un tipo muy rico, pero sí que tenía unos buenos cuartos, un salario asegurado cada mes que le hacía estar muy holgado de dinero. Vivía con comodidades que algunos no se podían permitir, pero no destacaba nunca. No 
entendí entonces el por qué de sus excursiones nocturna. Cuando los días pasaron y capté y  supe interpretar los gestos de Leo y aprendí a descifrar las letras y comprenderlas, estuvo todo un pelín más claro. Por las noches burlaba al sueño, cosa por la que debería estar agradecida, pues me facilitaba el arduo trabajo de hacerme con sus defensas. Sin embargo, la inquietud siempre terminaba por embargarme. Leo iba a un antro de mala muerte llamado Cuervos. Allí se reunía todos los martes y viernes con un hombre cuarentón de cejas pobladas y rostro adusto. Cicatrices numerosas y cara de pocos amigos. A mi percepción, era colosal, 
como un gigante de los que solo aparecen en los sueños. Me da vergüenza confesar que daba  miedo, pero…¿qué le iba a hacer?

En ese maravilloso año con Leo, siempre intenté que él lo llevara lo más fácil posible, y tras  descubrir su naturaleza, a cada oportunidad que tenía, buscaba la forma de retrasar el proceso, el proceso que probablemente le llevaría a estar enterrado bajo tierra en un campo santo. Fue una auténtica condena para mí darme cuenta de cómo era Leo demasiado tarde. Mi trabajo ese mes y ocho días había sido tan impecable, que ya no había marcha atrás. Bueno, creo que me estoy adelantando a los hechos. 

Como decía, Leo se reunía con el fornido hombretón ese que tanta mala espina me daba. Dos  semanas, tres días y dos horas después de que me encontré con Leo y lo habité, fue lo que me llevó descifrar al completo, o al menos hacerme una vaga idea del asunto principal, sobre los sonidos que se producían en las cuerdas vocales de los humanos y terminaban siendo soltadas y vocalizadas dentro de sus bocas. Se me revelaron las palabras, y empezaron a calar en mi mente, muy diferente a la de esos gigantes. Tras semanas de atenta observación y de ser una aplicada nvestigadora, pude entender lo que brotaba de los labios de Leo y el hombretón.
-Hola, ¿traes lo que te pio? -eso entendí ese viernes, aunque dudo mucho que Leo hubiese  querido imitar a un pájaro con ese “pio”. Lo único de lo que estaba totalmente segura era de que Leo no le trataba muy bien. Era brusco, a diferencia de como lo era con Rose, Colette o Vanessa, todo encanto, piropos y adulación. 

-Por supuesto, yo cumplo mi parte, tú la tuya -Leo asintió con la cabeza conforme cuando  algo tocó sus dedos. Yo lo sentí unos segundos después, eso me indicó que no estaba haciendo mi trabajo bien, y una cosa que realizo a la perfección es eso, mi trabajo. Supe que tenía que ponerme las pilas enseguida. 

Leo se levantó y se marchó de regreso a casa como hacía cada vez que se iba de Cuervos los  martes y viernes. En mi cabeza una vez salíamos después de esos encuentros, pensaba en esa  incógnita. ¿Qué tratos tenía Leo con el matón gigante?.

Ese día, que creo que fue trece, estaba más abstraído y reflexivo que de costumbre. A pesar  de que no lo simulase, mi anfitrión era versado en ciencias y química sobre todo. Era astuto,  perspicaz, muy capaz de hacer todo lo que se propusiera. 

Sacó la llave de su abrigo negro y metió la llave en la cerradura, esta chirrió al contacto. El  chico levantó la vista al momento. Se sentía observado, no le gustaba, lo noté.

Su mirada se encontró con la del tercero, una chica llamada Colette Alizee Baudin. Una  francesa por lo visto. Se había mudado en invierno y era la vecina de Leo desde hacía ya dos  veranos, o eso creía. Era rubia, lo más previsible era que no fuese realmente rubia, sino morena, pero yo no le iba a decir nada. Tenía ojos marrón y una sonrisa de esas que te hacen a ti mismo sonreír. Era alta y delgada, y una curiosidad de la que me di cuenta en cuanto la vi, fue que no se despegaba de un colgante color zafiro. Cuando sus ojos buscaron los de Leo y sus miradas se trabaron, vi sus sentimiento. Vi y admiré esa actitud desafiante que evidentemente tenía y esa alma fuerte, no obstante, no pasó desapercibido para mi ojo clínico que una casi  imperceptible sombra de temor anulaba su apariencia casi brillante de endereza 
y seguridad. Más allá de sus ojos, se percibía pánico enterrado. Su pasado la  atormentaba. Ya  más tarde descubriría el por qué.
-Hola, Leo del cuarto -le saludó ese día ella con galantería. Su voz era la de cualquier otra, sin  embargo, esa melosa voz calaba en tus oídos como ninguna, o así era como Leo lo veía -. ¿Qué menesteres te hacen salir a medianoche, a la intemperie, y no llegar hasta pasadas las dos de la madrugada? -le interpeló la joven Colette -¿Una amante? ¿Un negocio prohibido? Desfógate conmigo, una historia así no se ve todos los días. Vendrá bien para mi libro. 

-¿Todavía sigues empeñada en escribir un libro, Colette del tercero? -curioseó Leo. Tenían  ese apelativo cariñoso desde siempre. “Colette del tercero”, “León del cuarto”...Nunca comprendí el coqueteo humano. Siempre a la espera del siguiente paso de su amado, o amada. No podían tomar la iniciativa, pero nadie los culpaba, y yo tampoco, pues el problema entre los humanos y la atracción era el poder ser rechazados, el desasosiego de no saber si tus sentimientos serán correspondidos o al contrario, frustrados y no compartidos. En mis años de experiencia con los animales, había descubierto que en comparación con las mente humanas, estas eran muchos más complejas. Los humanos le daban mucha importancia a cosas que los animales en cambio no, y viceversa. Tenían tantas diferencias... como que unos tenían una conciencia más profunda, sentido de la consecuencia..., unos tenían muchísima mayor influencia; se reproducían con rapidez pasmosa; podían llegar a ser muy, pero que
muy crueles; no valoraban lo que tenían; se creían con derecho a todo, dueños del mundo y  de lo que en él habitaba. Unos tenían demasiada ambición, y los efectos secundarios de estas eran desastrosos. ¿Adivinas a quién me refiero en cada una de las frases? ¿Distingues las características humanas y la de los animales?

Sin embargo, ambos tenían cosas en común, como que eran protectores, que vivían en
sociedad, que eran fértiles, que se emparejaban, que buscaban el sustento, que tenían familias,  que poseían sentimientos, emociones palpables...que que tenían sentido de supervivencia. El sentido de la supervivencia…¿Una maldición o un bendición? ¿Era el sentido de la supervivencia bueno o malo, y hasta qué punto? ¿Era bueno cuando te obligaba a seguir luchando? ¿Era malo cuando codiciabas la muerte y este instinto te lo impedía? ¿Era malo querer vivir? ¿Era malo querer perecer? ¿Eran buenos o malos los impulsos por querer sobrevivir? ¿Eran buenos cuando el precio a costa de ello eran otros? ¿Eran positivos los impulsos esos cuando para alcanzarlos te veías forzado a hacer un trato con el diablo, perder el alma o incluso perderte a ti mismo?
-Sí, escribiré ese libro, y cuando lo haga, caballero andante de medianoche, te deberás tragar  todas y cada una de tus palabras soltadas en contra de mi precioso y próximamente famoso, libro. 

La voz de Colette me devolvió a la realidad de un plumazo. Sentí que mi cabeza rebotaba. Me  centré en la conversación que por aquel entonces se producía ante mis ojos. 

-Nada más que palabrería vana. Sé de buena tinta que sí que lo publicarás, y yo seré el
primero en la cola para pedirte un autógrafo.

Me gustaba esa parte de Leo en la que se abría y compartía con los demás lo que de verdad  sentía. En toda su vida, Leo actuaba, y en mi opinión en calidad virus de Leo, creo que no haberle dado un premio por su interpretación de chico normal era una negligencia de las grandes e insólitas que no se veían a menudo. 

***

Los días prosiguieron con esta rutina normal y monótona.
Se levantaba a las siete de la mañana y desayunaba unas tristes tostadas con mantequilla y  mermelada de ciruela, y si estaba animado, con mermelada de grosella. Después se daba una ducha fría en la que a consecuencia de la expansión de mí misma, el virus, temblaba como una hoja, pero nunca se apartaba del agua congelada, y hacía como si no le rechinaran los dientes en el proceso. Fingía que no se encontraba débil, aunque ambos sabíamos que no era cierto, pues yo estaba en su organismo. Tras su ducha infernal, se vestía de etiqueta con un smoking negro elegante y corbata de rayas azul. A continuación, bajaba las escaleras con periódico en mano, y entraba en la casa de la abuela Rose. Una percepción y anotación mía: La abuela tenía una casa que daba escalofríos, con muñecas de ojos grandes y vacíos, y caras sin expresiones. Por lo menos conté ciento veintitrés muñecas dispuestas a matar, a segar vidas. ¡Qué mal lo pasaba cada vez que íbamos y las miradas de las muñecas demoníacas del diablo se clavaban inmediatamente en mí, bueno, en Leo, que era prácticamente yo!
Hablaba con la abuela Rose por las mañanas una hora mientras tomaba café con leche  descafeinado y leía los titulares a la anciana invidente. Ella siempre estaba en su mecedora, y la mayoría de las veces, no lo saludaba, se quedaba ahí tiesa como una lechuga, y cuando se iba Leo, dormía como un bebé, a pierna suelta. 
Al principio no supe los motivos por los cuales hacía esa lectura matutina si nunca le hablaba.  Me fijé, no obstante, que la anciana conocida como la abuela Rose, una anciana que no toleraba visitas de nadie incluyendo a sus familiares, todas las mañanas a las diez en punto, dejaba la puerta abierta para su visita. La abuela Rose esperaba a Leo todas las mañanas, y él siempre acudía. 

Cuando dejaba a la abuela Rose dormida, salía de puntillas sin hacer ruido de la vivienda  anticuada de la anciana y vagaba por el parque de enfrente, uno llamado Green Park, que contaba con arbustos autóctonos y bayas venenosas, un parque en el que los atracadores no se atrevían a pisar mientras no tuvieran poderosas razones para ello. 

Allí, nuestro querido Leo se encontraba con la del tercero, la francesa, la rubita, Colette. Ella  estaba ahí a las once de lunes a viernes con una máquina de escribir de las antiguas en su  regazo y un café solo en la mano, con la mirada perdida y mordiéndose el labio concentrada.  A Leo, y repito, esto es un secreto, le parecía muy sexy. Hoy en día, no tengo muy claro todavía el significado de esa palabra en la que tanto pensaba en su presencia. Hablaban de naderías y de la vida en sí. Cuando Leo se iba a ir, preguntaba qué tal llevaba el libro y que cuándo lo terminaría, así todas las mañanas que se encontraban en el mismo banco azul oscuro localizado bajo el enorme cerezo que tan familiar me era ahora. Era robusto, con buenas y gruesas raíces marrones ancladas a la tierra fértil y próspera, llena de frutos y condimentos. Las ramas todo el tiempo se hallaban cargadas de hojas caducas y a 
rebosar de flores rosadas que se abrían y cerraban con el paso del tiempo y de las estaciones.

Al terminar su visita amorosa, trabajaba con ahínco y vigor, sin despegar la vista de sus  cuentas y números, excepto a las dos y media, que hacía una llamada telefónica en la cual, un hombre de voz grave, gruñía a través de la línea. Leo pedía pasta a la boloñesa y bolitas de queso, siempre de Enzo’s, el restaurante italiano del pueblo con cocineros nativos del país y dueños de acento distinguido.
Leo era químico, pero nunca pisaba un laboratorio. Creo que trabajaba para el gobierno.

Un martes por la noche, vi por fin qué era lo que tenía en sus manos, nuestras manos. Eran  unas pastillas. Cuando estas tocaban su boca, su estómago se sacudía, jadeaba, gruñía, gemía de dolor y soltada aullidos, o así era como lo percibía yo, porque lo único que Leo hacía, era sentarse en el sillón, soltar un suspiro y poner las noticias, la uno y la ocho eran sus canales favoritos. Estaba aficionado a los telediarios informativos y documentales de animales. También estaba medio obsesionado a la lectura, sobre todo a los clásicos y a las aventuras de Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. 

Cuando las campanadas de la iglesia marcaban las seis y media de la tarde, salía al balcón y  tomaba unas pastillas desagradables, no más que las que le daba el hombre de Cuervos. 

Cenaba siempre algo sano, su dieta era algo que le obcecaba de veras, era un obsesionado  acérrimo a su dieta y a la comida. 

Los lunes, miércoles y sábados iba a un gran edificio blanco con cristaleras, donde la gente se  aglomeraba y hacía colas infernales por entrar a una sala pintada de blanco. Leo siempre sonreía a las mujeres de ahí. Había una chica morena con trenza llamada Vanessa Deniska Smirnov. Como ya habrás adivinado, era rusa. No te aflijas, no era una rusa mala y mafiosa, era simpática. Su acento era muy marcado y no se expresaba del todo bien, pero era una profesional en su trabajo. Ella estaba presente en la mayoría de citas a las que Leo iba. Este se quitaba la ropa y entraba a una celda de cristal con luces de colores. Dolía. 

Al terminar la agonía, Leo y ella tomaban un café en una espaciosa sala llena de personas de blanco. Leo con sus costumbres peculiares, pedía un café con hielo.
No sé si llegué a hablar respecto al físico, apariencia, del inocente Leo. Tenía unos ojos verdes increíblemente profundos y expresivos. Era de complexión robusta, y tenía los músculos bien definidos. Le escaseaba el pelo en las cejas y pecho, y cabeza, pero llevaba su nuca desnuda con orgullo, y cuando preguntaban a qué se debía, él simplemente decía que tener un buen pelazo requería de esfuerzo y tiempo, algo que él no poseía. 
No me lo creí nunca.

Los días pasaban y Leo seguía con su vida normal, empero, las noticias empezaban a circular.  El coronavirus arrasaba, y Leo no paraba de ver las noticias que hacían alusión a ello. Pronto, los altos cargos le mandaron que investigase la cura, y así lo hizo. No salía tanto de casa como antes exceptuando sus visitas a la farmacia y a la gran edificación blanca, y alguna que otra a Cuervos. Estudiaba en casa distintas curas y al virus en sí. Se comunicaba con Colette a través de su móvil, un huawei blanco que absorbía su mente cada vez que la pantallita se iluminaba. A la abuela Rose no tuvo más remedio que dejar de visitarla. Eso sí, las llamadas matutinas con ella eran obligadas. 

Cuando los síntomas fueron más patentes y no pudo escudar su dolor con cualquier otra cosa,  empezó a guardar reposo mientras estudiaba más el coronavirus. 

Pasó un mes y ocho días. Sabía que ya me había expandido del todo, sabía que ya no había  marcha atrás. Había completado mi cometido en aquel cuerpo, y aun así, la felicidad no llegaba, el regocijo no venía a mi encuentro, y el orgullo por aquel trabajo de experto no se sentía a mi alrededor. Sentía que había fallado. 

En el edificio blanco, le detectaron el covid-19 y le mandaron más pastillas y le inyectaron  unas agujas afiladas en los brazos diariamente. Con tanta visita más regular y frecuente que antaño, pude leer el cartel y ver la cruz roja que asomaban en la entrada. Leo iba al hospital. ¿Para qué era la pregunta, aparte de para intentar extirparme de su cuerpo? 

Vanessa cada vez que lo veía, ponía cara de tristeza. Leo se dio cuenta, no era necio. Esos  mohines y pesadumbre que acompañaban a Vanessa, solo podían encarnar una verdad, Leo iba a sucumbir a la enfermedad tarde o temprano. Me sentía culpable, sentía como si decenas de dedos me señalasen con sus afiladas uñas y esqueléticos dedos. 

En el momento en el que Leo comprendió esta nueva información, que fallecería, comenzó a  hablar a las paredes, o a mí.
-¿Sabes? Te noto. Te noté el día en el que te alojaste en mí. Lo supe, y sin embargo, no me  atrevía a dar crédito a mi sensación, fui un terco, un cabezota. A veces ignorar la verdad no funciona, nunca lo hace en verdad. Huir de todo no funciona, pues el destino se agazapa en las sombras y consigue finalmente atraparte. Lo único de lo que me arrepiento es de no haber dado la cara, pues a lo mejor el desenlace no hubiese sido este, pero los lamentos no me llevarán a nada salvo a la autocompasión, algo que odio totalmente. 
>Soy huérfano, coronavirus. De padres desconocidos que me pusieron el nombre de León Stone. ¿Te has preguntado alguna vez por qué siempre visito a la abuela Rose aparte de para poder disfrutar de su grata compañía? Ella fue quien me crió de pequeño y me convirtió en lo que soy ahora. Desde que tomé las riendas de mi conciencia, me pasé a llamar Leo en vez de León. ¿Cambiar de nombre conmuta algo? Para mí sí que lo hizo, pero creo que eso tiene más que ver con lo que mi mente y corazón quieren. Enfocándonos en la historia y no en mis cavilaciones y filosofías. Rose gastó cada centavo que obtuvo de su mal pagado trabajo y me lo dio a mí, para que estudiara, para que consiguiera un futuro próspero. Cuando ingresé en una prestigiosa universidad, se quedó ciega, sin poder ver. Eso me destrozó creo que más a mí que a ella. Rose solo miraba por mí, no por ella, y al caer en ello, supe con certeza que le había robado su vida. Amaba hacer muñecas, y ahora ya no podía. Me exasperaba verla así, quieta, sin hacer ni decir nada. Una vez exploté en ese cuarto y grité todo lo que pude y más. La abuela solo me dijo que quería que fuese feliz, que eso era lo que ella había elegido para su vida, que era su elección, y que le bastaba con que yo tuviera libertad. La libertad es tan abundante y escasa a la vez, tan valiosa y no apreciada por otros. La libertad es la clave. 

-La abuela cortó lazos con la familia mucho antes de acogerme en su casa. Quise darle el día  de su nonagésimo cumpleaños una sorpresa. Salió un desastre. Me acuerdo perfectamente de las pullas y gritos que se chillaron. ¡Qué día más desastroso! Sin embargo, la abuela cuando abandonaron los demás la casa rió como nunca la había visto. Cuando se calmó, me contó que liberarse así era el mejor regalo, me suplicó que nunca me guardase nada, que fuera honesto y fiel a mí mismo. Me dijo que -se le rompió la voz-...Me dijo que la verdad salvaría reinos o los demolería hasta no poder ser recuperados en milenios. 

>La vida continuó. Fui un célebre estudiante y científico, aunque no he descubierto nada  importante por ahora. Conocí al amor de mi vida, o eso quiero desesperadamente suponer, pues me gustaría vivir todo antes de perecer. A veces, creemos que lo tenemos todo y no es así, estamos en una zona relajada, sin turbulencias. No obstante, ¿de qué sirve eso si no hallas la felicidad verdadera? Tememos el cambio, y eso será un lastre difícil de quitar, pero cuando se haga, seremos libre, en parte. La chica a la que amo y a la que aún no le he confesado nada sobre mis sentimientos, no creo que lo sepa nunca, pues estoy condenado. El destino me ha deparado esto. ¿Es inicuo el destino? Colette oculta cosas, y se ha abierto a mí, me ha confiado sus temores y pasado, y yo a cambio, le he mentido descaradamente, pero…¿qué harías tú en mi lugar? ¿Qué harías cuando sabes que vas a morir sin remedio, ya sea por el coronavirus o por el cáncer? 

***
Nuestra charla acabó ahí. Al día siguiente hubo otra, y al siguiente también. Las semanas  pasaron, y los meses también. 

Tenía salidas siniestras, más aún que cuando iba a Cuervos, porque lo había dejado, el  hombretón no se había vuelto a cruzar con Leo. Ahora iba al bosque y cazaba mientras yo dentro de él me preguntaba qué era el cáncer. Dudaba que nadie fuera conocedor de esta inexorable verdad, que Leo tenía cáncer. 

***
-¿Por qué te cuento esto? -preguntó con voz suave sentado en su sillón verde musgo -. Pues  porque sé que eres diferente. La muerte me llama, espera tras mi puerta a ser reclamada. He dado con la clave del coronavirus, creo tener las respuestas y salvación de esta gran pandemia, solo necesito ingerirla y esperar, a pesar de esto, no puedo. No puedo matarte. No tengo derecho para matarte, eres un ser vivo que se alimenta de restos, pero esa es tu naturaleza. El curso de la vida y la muerte. El depredador, la presa, la muerte, la vida… Puede que me esté volviendo loco o no, pero no te mataré. No podría vivir con eso, además, si mi vida no fenece contigo, acabará con el cáncer, y si te evito la muerte, ¿qué pierdo o 
gano? Solo necesito entregar esto. Si no lo consigo, serás tú pequeña o pequeño la o el que  salve al mundo. 

Se levantó con esfuerzo y se apoyó en los muebles para alcanzar la salida. Tenía un bote en la  mano, y vi que en su mesa de trabajo un murciélago disecado. 

Al llegar a las puertas del edificio blanco, el hospital, Leo cayó redondo. Se pasó en aquel  recinto dos semanas sin moverse y sin despertar, y me di cuenta de que había pasado un año entero desde que lo vi por primera vez. Murió aquel invierno cuando cayó un copo de nieve sobre la acera, y su alma se unió con las miles de almas fallecidas por mí, el virus. 

Me arrastré a un retazo de tela destrozada, corrompida por la pena. Leo se había sacrificado  por mí, alguien que le había procurado la muerte y a quien apenas conocía. era una persona  buena, y le había matado. 

Mis manos estaban manchadas de sangre, y mi corazón roto en miles de pedazos, inservible.  Vi cómo llegó Colette, Vanessa y hasta la invidente Rose. Se postraron en la cama con los ojos rojos y las lágrimas cayendo a borbotones. Rose lloraba desolada, gritaba de angustia. Tuvieron que administrarle un calmante. A Vanessa, la rusa, le dieron el día libre. La pobre muchacha no dejaba de repetir palabras incoherentes. Al final, solo quedó Colette, con las mejillas sonrojadas y el corazón en puño. 

-No es justo, No me lo dijiste, me ocultaste de todo y sin embargo te sigo amando. Seguí y  sigo aquí a tu lado y tú me diste la espalda. ¿Cómo es posible que hayas muerto? Deberías haber confiado en mí, Leo Stone. La traición es veneno. Mi mente irracional me dice que te deje porque te lo mereces, pero la racional, la que no sé cómo pero que de alguna bendita forma puede pensar con objetividad, me implora que escuche. Tú vacío no lo podré llenar nunca, pero la vida sigue, y te quiero. Descansa -le dejó en el regazo un libro. Se leía en la cubierta la frase “Si el destino te reclama” y debajo, en letra un poco más pequeña, el nombre de Colette Alizee Baudin relucía bajo los rayos solares que se filtraban por la ventana. 

Se fue cabizbaja. Yo al contemplar tanto dolor y sufrimiento, supe que había llegado mi hora.  Entré en la mosca más próxima e impuse mi voluntad. Le ordené que cogiera el antídoto y nos fuimos al bosque.
La mosca murió, y me deslicé a un pañuelo que había dejado tirado en un árbol, o que el  viento había arrebatado a su dueña. 
Y aquí estamos, en el presente, con mi corazón fracturado y la mente en los malos
pensamientos. Una vez liberado todo esto, la historia verdadera, sé que no puedo fallar a Leo  una segunda vez. Con arrojo y determinación, poseo a un pájaro carpintero y mando sobre él, obligándolo a obedecer mis deseos. 
Cogemos el frasquito y vamos al hospital, en busca de Vanessa.
Una vez hallada a la suso dicha, mi corazón empieza a acelerarse y mis pulsaciones con él.  Me acerco a ella y le pongo la medicina enfrente, sobre la mesa. A continuación, mojando el pico del pájaro en su bebida, escribo: 
CuRA dE CorONaViruS
lEo StONE
Y así la dejé, pasmada.

Salió corriendo con el frasco bien cogido y una sonrisa de felicidad de verdad.

Para que todo saliese realmente bien, supe que aunque no lo hubiese hecho conscientemente,  yo había hecho réplicas de mí, puesto que era el origen, si yo no existía, el coronavirus no se podría extender y los humanos tendrían oportunidades. Si mis hijos se podían expandir era porque el origen, yo, estaba con vida. 

¿Merecía la muerte? No. ¿La quería? Sí.

Estaba frío, no se veía nada. Caía, todo se caía, y sin embargo, solo un pensamiento afloraba  en mi mente...¿Cuándo vendrás a mi encuentro, querida y extrovertida muerte? ¿Cuándo me proporcionarás el placer de sentir tu gélida presencia y de ver esos ojos grises llenos de vida, aunque muchos sostengan lo contrario? No te temo, te espero. No te reprocho nada, te agradezco. ¿Cómo sino la vida se mantendría? Somos polvo, cenizas a merced del viento, llévame..